Mi primera discípula

El post de hoy viene inspirado desde el más puro orgullo de padre, y es que la Princesa ¡se ha convertido en mi primera discípula! Hace varios meses, el Pirata y la Princesa quisieron aprender a hacer punto. Y allí que me fui yo, entusiasmado, con los dos, a la mercería del barrio, a comprarles unas agujas a cada uno y un ovillo de lana del color que ellos quisieran. Pero el entusiasmo duró poco; en cuanto vieron que labor no crecía sola, la cosa dejó de interesarles.

Y, de pronto, los Reyes Magos le trajeron a la Princesa este telar.

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Está pensado para niños, es desmontable y las piezas se pueden unir en forma de círculos o cuadrados de varios tamaños. El caso es que, fuera por el telar en sí, o porque era un regalo de los Reyes, la peque se volvió a entusiasmar con su ovillo de lana.

Su primer intento fue un brazalete chiquitito, apenas unas vueltas, para probar.

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Y como le gustó, decidió dar un paso más, y pidió que le enseñase a hacer un cuello. Rescatamos su olvidado ovillo, y a ello nos pusimos, mano a mano; empezamos a tejer juntos, ella con su telar, y yo con un ojo en mis agujas y otro en su labor.

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El hilo era Alaska, de Katia, en color malva, que fue el que ella eligió. Resultó muy adecuado para un proyecto de este tipo, ya que al ser lana bulky la labor crecía muy rápidamente y eso le animaba a seguir tejiendo. Además, al ser 100% acrílica, se podía lavar fácilmente en caso de necesidad (no olvidemos que la tejedora tiene cinco años).

Y así, con algo de ayuda familiar de papá (y también de mamá), en un par de semanas tuvimos terminado el cuello, y la Princesa decidió que se lo regalaría a su profe.

Peeeeeero… Al sacarlo del telar nos dimos cuenta (mamá y papá, ella no, por suerte), de que te tenía un gazapo justo en toooodo el medio, en forma de agujero. Algún punto debió hacer mal sin darse cuenta, y la única forma de solucionarlo era deshacer; pero no tuvimos cuerpo de decirle que había que desmontar casi la mitad de su trabajo, así que se nos ocurrió otra solución. Con restos de hilos acrílicos de otras labores (principalmente Fama, también de Katia, en varios colores) decidimos tejer unas hojas y unas flores a punto y a ganchillo para coserlas encima del cuello, de adorno, y de paso tapar el boquete.

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Los modelos están sacados del libro “100 flowers to knit & crochet”, de Lesley Stanfield. Ya lo había utilizado en alguna otra ocasión, y como el resultado me había gustado, seleccioné unos cuantos para tejer una especie de bouquet.

Al final, el resultado fue éste:

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No pudimos resistir la tentación, y para ver cómo quedaba puesto, hicimos a mamá que se lo probara, antes de entregarlo.

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¡Me encanta! Y, lo mejor de todo, ¡a la tejedora principal también! Ya está en manos de su legítima dueña y, por lo visto, ha sido un éxito.

Ahora sólo falta conseguir que mantenga el interés…

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